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Higinio

El imbécil social (4)

El vecino imbécil. Aunque a veces nos refiramos a él como “el hijoputa del....”, no siempre entra en esa categoría tan alta. Suele ser un imbécil. Su meta en la vida es incordiar, hacer daño... pero sin llegar a provocar el sufrimiento generalizado y permanente, que eso son palabras mayores: es asunto del hijoputa. Ese vecino que incumple sistemáticamente las normas de la comunidad, que va de chulo, de bronco, de... imbécil. Es un ejemplo de imbécil social. Uno de los más abundantes y cercano a nosotros.
El ciudadano (de a pie) imbécil. Dícese de ese individuo que tienes parado al semáforo chuleando con el pie en el acelerador o adelantando en carretera poniendo en peligro el pellejo de los otros (el suyo no debería importarnos: conste que no asumo la eutanasia procesal del profesor Bueno, pero si se lo busca y lo encuentra él solo... pues eso. Ese individuo anómico, para el que sólo existe él y su olor y el resto de la humanidad están para verlo, alabarlo y llamarle hijoputa. Pero, recordemos que esa es una categoría de individuo demasiado para este chulo: es un imbécil social. Ni más ni menos. Puede ir en una moto (y uno desear tener el permiso de armas y licencia para matar, en ese momento), o puede estar paseando el perro. Ese imbécil salta a la vista. Esta clase de imbécil y la anterior bastarían para llenar ese 5% de la población específicamente demostrado. Pero hay más.
El compañero o, incluso, jefe imbécil. Del jefe es fácilque enseguida nos brote el calificativo de hijoputa. Normalmente no llega a tanto: es un imbécil social. Un ombliguista, chulo, cabrón, puteador... pero imbécil: tan listo, tan imbécil. Puede llamársele hijoputa en el sentido vulgar, pero sociológicamente es sólo imbécil social. El compañero, aún menos: aunque trampaso, colaborador en el mobbing, soplapollas habitual, etc. se le puede llamar hijoputa a la cara pero sabiendo que uno miente: es sólo un imbécil social. Y de categoría ínfima, pues lo normal es que sea de ese 10% adicional en grave riesgo de llegar a imbécil titulado, pero para ello requiere una auténtica obra maestra de imbécil y lo normal es que no sea capaz, quedándose a las puertes y, como mucho: soplapollas o gilipollas.
El imbécil titulado es alguien que tiene capacidad de convocatoria ante un público grande y siempre está cercano a un hijoputa: diríamos que detrás de todo gran hijoputa hay (al menos) un gran imbécil titulado. Hay una profesión en la que esta clase de imbécil se siente plena: el periodismo. Y es que ahí el paso de soplapollas o de mero gilipollas a imbécil titulado es muy simple: una tertulia, un encargo para decir esto o lo otro y cargarse la imagen de alguien y ya está: grado de imbécil. A partir de ahí, cadena de favores y cada vez un poco más: hoy es ser, mañana copes o linterneas, pasado punteas radio u ondeas ceropatatero y de ahí saltas a columnista habitual seas mundano o paisano, seas razonable o estés en las primeras letras habrá una columna habitual para que el imbécil haga el trabajo que le requiere el hijoputa.
Y no crean. No pasa sólo aquí: eso es en todo el mundo. Donde este imbécil titulado no es periodista (porque los maten a todos) es ayudante de clérigo, o de terrateniente, o de militar, o... ¿Se quedarán cortos los estudios que cifran en el 5% la tasa de imbéciles sociales?

El imbécil social (3)

El imbécil siempre hace el imbécil y ejerce de tal, pero no todo el que hace el imbécil es imbécil. Y esto es un axioma. Ocurre a menudo que una conducta torpe produce una situación típica de las que provoca un imbécil. Pero la diferencia está en que la torpeza es falta de habilidad y, casi siempre, es una consecuencia inesperada o no buscada de una acción que pretendía otra meta. Puede llamarse al autor de esa conducta, tonto, pero no imbécil.
El imbécil social programa y tiene intención de producir un efecto. Desea que el fruto de su actuación caiga sobre el auditorio. Y, a menudo, que se oriente hacia los deseos del hijoputa que está detrás del imbécil.
Escuche usted una tertulia mañanera o vespertina o nocturna (las hay casi a todas las horas). Enseguida detectará el imbécil y al hijoputa en ese cotarro. El periodismo es una profesión en la que el imbécil se siente a gusto, lo que no quiere decir ¡faltaría más! que toda la profesión encaje ahí: sí, por desgracia, el porcentaje de imbéciles ahí es muy superior (unas 5 veces más, aproximadamente) que en la mayoría de las profesiones. Una proporción también parecida a la que hay de hijoputas entre la clase política.
No hace falta ser muy sagaz para ver la estrecha relación de dependencia entre una y otra profesión. Hace poco y en un intento de aclarar asuntos de “pesebrismo” alguien hablaba de “extorsionados y extorsionadores” y cómo aquellos sacaban más de éstos que al revés. El artículo era contestación a la intervención de otro periodista demasiado implicado en esa relación estrecha entre hijoputas e imbéciles. Ahora bien, el autor del artículo, libertario de pro(paganda) probablemente sea la imagen más acabada, el modelo, de imbécil social en la profesión. Con un poco más de entrenamiento, hasta podría llegar al nivel superior, el que teorizamos en artículos pasados.
Otro imbécil social explica lo que es la asepsia en los informativos Es otro ejemplo de que entre el tonto y el imbécil social hay una clara diferencia, y ésta está en la intencionalidad de buscar un resultado que se acerca bastante al conseguido tras la actuación.
Proseguiremos con el catálogo de imbéciles para determinar el perfil del modelo de imbécil social todo lo más preciso que podamos.

El imbécil social (2)

El imbécil tiene labia, capacidad de locución cara al público, pero tiene un discurso vacío. Eso es una clara diferencia con el hijoputa. Mientras que el hijoputa es un líder, el imbécil es un espantajo, la sombra de aquél. El imbécil puede ser patético cuando es dejado de la mano del hijoputa: basta mirar en numerosas ocasiones al dirigente político (hijoputa) y a su segundo (imbécil) para darse cuenta de la diferencia. Esta relación repondería, quizás, a esa otra ley histórica que apunta que, si bien la historia no se repite, lo que fue tragedia luego es farsa. Y, créanme, no estoy pensando en ningún dirigente concreto, esté o no metido en proceso congresual.
Cualquiera podría rebatir estas notas por poco científicas. Y no andaría desencaminado: he señalado que el término anda muy apegado al lenguaje vulgar, al uso que se le da en la calle: el insulto. (En otra ocasión teorizaremos sobre el insulto y la imprecación)
Y también se puede denunciar que hay mucha subjetividad en la catalogación de alguien como imbécil. Pues bien. Este (y siguientes) artículo pretende dar las pautas para la identificación y catalogación (acaso también la clasificación) del imbécil. Lamento (y pido disculpas) por mi deslizamiento hacia el ejemplo rápido: es posible que haya ahí un defecto profesional, de aclarar perceptualmente el concepto que trato de explicar.
El imbécil, decimos, es sombra del hijoputa. Por ese lado, es el tonto-útil que necesita el hijoputa como gancho, como vocero, como “fajador” para ganarse la masa que le ha de seguir. Pero ¿quién acepta ser la sombra de sólo por capricho del hijoputa? Nadie. Es de forma natural como el imbécil responde a la estrategia del hijoputa: es un caso perfecto de simbiosis. El imbécil necesita un hijoputa en qué creer para hacer lo que más le gusta: el imbécil (luego veremos el comportamiento: ahora tratamos la personalidad). A cambio, debe realizar para el hijoputa las tareas que éste no puede realizar sin “mojarse”, sin descubrirse más de la cuenta. Digamos que el imbécil está para llevar las hostias y el hijoputa para provocar que se las den; es raro que al hijoputa le lleguen los tortazos, pero al imbécil es relativamente frecuente.
El imbécil social, del que estamos hablando, no es, desde luego un débil mental. Puede, incluso, mostrar una agudeza propia de un libertario digital. Y nada de nihilismo en su comportamiento. Su conducta orientada a provocar desconcierto en el auditorio es la que arranca del espectador la descalificación rápida. Sólo entre candidatos a la imbecilidad, su mensaje es recibido con cierto alborozo o, al menos, no provoca ese sentimiento de desagrado. Vayan ustedes a un mitin de un candidato político opuesto a sus simpatías políticas: tienen delante (si no es un hijoputa, que no hay tantos, claro) al imbécil, al autor de imbecilidades constantes.
Pero ¿es posible evitar el relativismo para poder demostrar que la tasa de imbéciles es históricamente estable y baja?. Eso creemos. Por eso lo intentamos en este ensayo. Pero, por favor, no vayan a ver cómo quedó el color naranja en los nuevos símbolos: me pondrían difícil la demostración.

Para una teoría del imbécil social

Sin terminar la teoría anterior, debo apuntar (para que no se me olvide) unas notas para la teoría de la imbecilidad sociopolítica. Y es que viene a cuento ahora que hemos definido al hijoputa. Y, como en toda actuación humana hay grados (a la hora de valorarla, desde luego), punto antes de hijoputa, está el imbécil.
Nuevamente hay que fijar el término en su contenido científico, si bien ahora no en el ámbito de la psicología clínica: no estamos hablando de individuos cuyo CI (léase, claro está, cociente intelectual: su uso como coeficiente, es otra cosa y muy propia, dicho sea de paso, de imbéciles). No, no tratamos de deficiencias. Hablamos de un individuo autor de comportamientos particulares.
Y en este caso, el uso vulgar del término no se aleja demasiado del que teorizaremos. Por ejemplo. Llamamos imbécil a alguien que dice públicamente una tontería (nótese que no nos alejamos del CI mermado). Cogemos la prensa, encendemos la radio o la televisión y ¿qué leemos, oímos o vemos? Tonterías ensartadas. Ahora bien. Las hay de muy diverso tenor: las que empujan a sonreir y las que soliviantan a uno serían los extremos. Uno escucha el noticiario de Radio Nacional (el postUrdaci, claro) y puede sonreír por la candidez de quienes ahora detentan el poder; pienso en eso de “alianza de civilizaciones”. O escuchas la COPE y te arrepientes por no haber sacado a tiempo el permiso de armas y la licencia para matar.
Es un decir, claro está. Porque apagar “La Linterna” es darle una importancia que no tiene el imbécil (ir)responsable. Y aquí tenemos ya un claro ejemplo de individuo imbécil. Podría, en otras circunstancias, ascender de categoría pues calidad no le falta. Pero no pasa de imbécil. Eso sí: Sumo Pontífice de la imbecilidad ya que la imbecilidad es una religión.
Los adeptos a esta religión crecen numéricamente, pero no más que el crecimiento poblacional: la tasa de imbéciles permanece constante a lo largo de la historia. Esta ley sociológica, formulada ya hace tiempo (lamento no recordar al autor de la ley) se corrobora a poco que nos adentremos en la sociedad. Y no es necesario caer en la casuística: hágase un análisis del entorno en que nos movemos y se extrae el porcentaje (en torno a un 5%, si bien hay un 10% más en grave riesgo de verse arrastrado a la secta).
En el próximo artículo, daremos los rasgos sociopsicológicos del imbécil.

Notas para... (continuación -4)

7.- Vaya por delante que el otro día, al finalizar el artículo, hablábamos de líderes y comparábamos dos casos.
Ahora retomo el asunto del hijoputa. Vamos aclarando varias cosas: el hijoputa, es un individuo que busca provocar el sufrimiento; el hijo puta se hace en el grupo, no nace. Es, por tanto, una conducta aprendida. Ahora bien: ¿hay maestros para el aprendizaje del hijoputismo? ¿Se aprende “mirando” a otros hijoputas? ¿Es el resultado (no deseado necesariamente) de una estrategia personal en un contexto de grupo -en la interacción- del tipo de “a ver quién es más [hijoputa]?
El asunto no está claro. Ya mencioné lo que conocemos como “polarización de grupo”. Pero eso no nos lo explica todo: son demasiados los hijoputas que no interaccionan directamente con el grupo, sino que maquinan “en el laboratorio” tras la observación y estudio de hacia dónde pueden manejar el grupo.
Un ejemplo. Desde Alamut allá por el siglo XI al nihilismo (Glucksman dixit) el terrorismo es un ejemplo de la práctica del hijoputismo. Creo que nadie lo discutiría. El terrorista tiene el perfil del hijoputa. Y, con medalla, más aún el que empuja al terrorista, el que mueve los hilos. Ese es el que diseña la estrategia, capta al hijoputa que comete el crimen y evade siempre que puede el castigo al tener más fácil la coartada. El assesin es hijoputa pero con perfil de imbécil (moral: ya sé que dije que no hablaría de moral, pero aquí el matiz es necesario). Me interesa más el hijoputa de la medalla.
Es un individuo inteligente. Con una inteligencia fuera de lo común: seduce, induce, conduce... lo que ya –por el sufijo- nos pone en la pista de su personalidad de líder. Si no fuese porque reniego de la perspectiva genetista, diría que es un líder nato. Es un personaje que retoma, revisa o reinventa un motivo, una razón, para practicar el hijoputismo. Lo teoriza y elabora una estrategia en la que entra el sufrimiento de los otros, sean enemigos o sean amigos a quienes salvar. Describe una realidad en blanco y negro y exige la apuesta por uno de los dos colores a los miembros del que considera su grupo... y asigna el negro (del luto en el mundo occidental católico) al enemigo.
La pérdida del matiz es imputable exclusivamente al hijoputa mayor, al de la medalla. El que predica la cruzada, el que habla de “construir la nación”, el que señala al otro como enemigo... ¿Es necesario que afile el ejemplo?

Notas para... (continuación -3)

6.-Señalaba más arriba que el hijoputa no es necesariamente producto de la genética. Y no sólo porque su madre tenga el honor íntegro o lo alquile cuando le apetezca. No es por eso. No es un asunto de genética porque es un comportamiento básicamente “aprendido”. Por ello podríamos decir que el hijoputa no nace: se hace.
Y es que en el grupo se curte el hijoputa. Es ahí donde se perfila su personalidad. Ahí cura y supera sus complejos en la carrera por liderar el colectivo y arrastrarlo hacia su servicio. Sea la familia, la pandilla, el equipo, la tribu... para el hijoputa todos deben estar a su servicio y deben obedecer al líder que sabe donde está la meta y cómo alcanzarla.
Es el caso del hijoputa que busca “encarrilar” a su pareja hacia lo que cree que debe hacer... y cuando ésta se niega, entra la violencia. Ese es un caso particular de hijoputa.
Pero es también el caso del “enredador” que con dimes y diretes deshace un grupo para reorientar las preferencias del mismo hacia otro liderazgo, el suyo. Todos conocemos a alguien así.
Parece ser que la Psicología de grupo va encontrando explicación a conductas individuales generadas en el propio grupo en el proceso relacional. Ello nos puede ayudar a clarificar la construcción del hijoputa como tipo psicológico específico. Está el estudio tradicional (numerosos autores ya) de la “polarización de grupo”, que explica cómo unos por otros, el grupo toma decisiones drásticas con muy poco sentido común. A ese tipo de estudios hay que añadir los que describen y explican la personalidad del líder y su encaje en un grupo a su medida. Para ello están los análisis de la dinámica del grupo donde tanto si se atiende a la distibución de la información, como a la orientación de las simpatías y rechazos, se descubre una correlación de fuerzas en las que el líder tiene un papel fundamental.
Pero seguimos sin saber mucho sobre la construcción de la personalidad del hijoputa: un tipo particular de líder... pues no todos los líderes grupales han de ser hijoputas. Un ejemplo de que no todos los líderes son iguales, aunque tratemos de la misma tribu está en los casos de los cardenales Tarancón y Rouco Varela: ambos –en tiempos diferentes, es cierto- han ejercido el mismo cargo... y, sin embargo ¿diría usted que tienen el mismo comportamiento como líderes?

Notas para... (continuación)

5.- Acaso la conducta más notoria y destacable del hijoputa sea la de arrastrar a la gente detrás suyo para hacerla sufrir. Detengámonos un poco en este asunto.
El hijoputa presume de ver más allá del común de los mortales. Pero eso es también habitual de muchos individuos más que no podemos catalogar como hijoputas. Por ejemplo, los sabios y –ya no de manera genérica- muchos (insisto, no todos los) políticos, científicos, artistas, literatos... tienen una “visión más larga” que la mayoría pero no son por ello hijoputas.
Se requiere, además de esos ojos de largo enfoque capacidad de engañar. Lo que también es compartido, claro está, por muchos otros profesionales (pienso, por ejemplo, en los políticos, en los artistas, en los literatos y hasta en los científicos: es por eso que antes no los excluí del todo en la categoría de hijoputas). El hijoputa ve el futuro (no excluyo sin más, desde luego, a los futurólogos de todo tipo: alguno quedará fuera de la categoría, pero otros no), lo interpreta y reclama apoyo para hacerlo realidad.
Pero esto también es cualidad y mérito de muchos otros individuos que no por ello son hijoputas. Por ejemplo, hay políticos bienintencionados que describen ese futuro, reclaman apoyo para su logro... pero si no lo consiguen lo dejan y se van. Pero hay otros que reiteradamente consulta tras consulta no sacan ni 10.000 votos y ahí los tienen: reclamando subvención, cámara de televisión, manifestándose, quejándose de que no les entienden, de que se conculcan los derechos de las minorías, etc. En principio, con esto sólo no les podemos catalogar de hijoputas. Ese comportamiento es condición necesaria... pero no suficiente. Eso sí: tienen ya mucho avanzado.
También ve el futuro y engaña el general que debe ganar una batalla (o el tontolculo del emperador que ve una guerra y quiere ganar el futuro, confudiendo los términos y de paso atragantándose con galletitas o con pienso y cayéndose de la bicicleta) y sabe que no es posible con los medios, información y moral de la tropa de que dispone. Los arrastra a la muerte y por eso, casi (sólo casi) se le podría ya catalogar de hijoputa. Desde luego, hijoputa fue el oficial que ordenó la carga de la caballería ligera inglesa en la Guerra de Crimea. Pero no estoy tan seguro de que fuese un hijoputa quien ordenó el levantamiento del guetho de Varsovia. Es más, estoy seguro de que no era un hijoputa. Ni lo fueron los que se alzaron allí. Acaso sea –en este caso y otros similares- una contaminación frecuente en las Ciencias Sociales (o Humanas): la valoración. Hay hechos moralmente aceptable y otros no. No obstante procuraré obviar este asunto y enfrentarme a la tarea de dilucidar el comportamiento del hijoputa sin caer en trampas morales.
Desde luego, el visionario que reclama sacrificio a otros (llámese martirio o heroísmo) mientras él aguarda el momento de la victoria, casi se le podría llamar ya directamente hijoputa. Y, repito, no con el sentido que tiene el vocablo popular (porque a veces decimos de un amigo o al mismo amigo “vaya hijoputa que estás hecho...” ¿Lo dirían ustedes con ese sentido amigable de las cualidades de cualquier alucinado de Alá –u otro dios sanguinario- que reclama martirio para sacar adelante su causa?

Notas para una teoría del hijoputismo.

1.- El hijoputismo es un comportamiento social que debería estudiar la Psicología Social. Desgraciadamente aún nadie ha acometido –que yo sepa- el estudio de este caso particular del comportamiento
No parece que los teóricos del desviacionismo puedan afrontar con éxito el estudio del hijoputismo. Tampoco aquellos que aún se guían por enfoques clásicos como el de Psicología de las Masas. Mucho menos, la teoría clásica conductista: el hijoputa es un híbrido de la genética y del ambiente en que se mueve. Desde luego, no me parece que pueda avanzar mucho el psicoanálisis, aunque algo de luz sí puede dar: tal vez haya proyección y, desde luego, conflictos importantes entre el ego y el superego del hijoputa.
2.- Una teoría del hijoputismo debería dar cuenta (explicar y acaso predecir) el comportamiento (entiéndase, conducta y pensamiento) del hijoputa. Para ello es necesario, desde luego, acotar el ámbito conceptual en que nos vamos a mover. También será indispensable elaborar un modelo por acentuación de rasgos y que permita posteriormente clasificar, comparar e intervenir para subsanar las conductas del hijoputa.
3.- El término hijoputa es de uso corriente. Está en el vocabulario popular, pero debemos perfilarlo y dar una definición inequívoca para poder construir la teoría del hijoputismo. El problema ya es tradicional en las Ciencias Humanas: el vocabulario técnico se crea desde el vocabulario de la calle.
En este sentido se requiere una profundización en la etimología de la palabra para después depurarla de contenidos irrelevantes para su uso científico. Es el caso que el término viene de antiguo y siempre tuvo un uso peyorativo: es hijoputa no necesariamente el hijo de una prostituta o mujer de mala vida. Por eso no puede hacer nada el genetismo en este asunto. Fue el descrédito de la profesión de autoventa del cuerpo (más claramente: “el acceso carnal a”) cuando el varón quería y no quería usar de la mujer; es decir: ni sí ni no. Como el varón rechazaba el hijo que no podía reconocer con seguridad, pues llamaba puta a la madre y al hijo, por extensión, hijoputa. Recientemente se ha aclarado aún más el término al descartarse un vocablo alternativo nacido –seguramente- en el fervor democrático. El término era (es) el de bastardo: sólo se puede utilizar en el caso de que la puta madre lo sea de un hijo de rey. Entonces sí, se le debe llamar bastardo, un real bastardo. Pero si el hijo es de padre de sangre normal y madre puta, será un hijo de puta sin más.
Pero bien. No es este el caso que reclamo para su estudio en la Psicología Social. No. Se trata más bien de un tipo particular de humano que manifiesta conductas que se supondrían justificables en el hijo de una ramera y de padre de sangre normal. Que ¿cuáles serían esas conductas? Ahí está el problema: la definición de las conductas propias del hijoputa.
4.- No perdamos de vista que esto son notas para y por lo tanto no hay ánimo de exhaustividad en la relación. Pero es inevitable que las vayamos desgranando en próximos días. Eso sí: aquí no hay ánimo de ofender, sólo un puro deseo intelectual de clarificar una conducta que tiene enorme calado en las sociedades actuales.

La confesionalidad de los poderes públicos

La constitución hace de España un Estado aconfesional. Por desgracia, no se declara laico. Aunque hay imbéciles que dicen (desde dentro de la religión, claro) que el laicismo es otra religión, pero sin Dios: cree el tonto que todos son tontos. Pero nada nuevo si denunciamos que hay demasiado dios en política, en los ámbitos del poder público. Y no sólo en la derecha que son, por adscripción, carne de confesionario y olor de santidad (o sea, podrido). El tontobono, ya lo dejó claro al tomársele juramento. Y en la toma de posesión.
Hace unos días se quejaba Javier Marías en su artículo de EPS del 4 de julio (ver día 6 del blog) de los inconvenientes para el ciudadano de que se tomen tan en serio por los poderes públicos asuntos que son de individuos particulares. Aunque, nuevamente los interesados insistan en que el 90% de los españoles son católicos ¿y deberían ejercer de tales?.
Me ponen imposibles para dejar de pertenecer a esa religión de la que abomino. No me excomulgan si no les armo una (un sacrilegio que, por otra parte, está penado por la ley como “ofensa grave a una religión”) y, encima, cuento como un asociado para que sigan viviendo del cuento y sacando pasta gansa al Estado, al contribuyente.
Pues bien, quiero que de una puta vez se separe la Iglesia y el Estado. Mecagonlaostia: ya está bien de representantes de todos (incluidas ellas y los intermedios) que se arrodillan ante un gilipollas elegido en una cadena de mando que va del monarca absoluto (a su vez elegido tan democráticamente por un conjunto de vejestorios que él mismo ha ido colocando ahí) al señor feudal que gobierna una diócesis. Representantes que en esa ceremonia absurda (por mucho que el contenido guste al populus: también gusta a más de la cuarta parte de la población el porno y no veo yo que acudan con escoltas a los cines o a los sexshop en peregrinación.
Desde aquí, mecagon los políticos que, como representantes públicos, acuden a actos religiosos. Como individuos particulares (y, por tanto, pagando de su bolsillo la escolta) que hagan lo que les dé la gana, pero como representantes del Estado, no. Y los de más arriba y no elegidos sino por derecho propio, también. No te jode.

La teta del Estado y las Iglesias

Ayer, ayer fue. Ayer lo leí: un artículo (más entrevista a la Directora de Asuntos religiosos) en El País, y un artículo de Rosa Regàs en El Periódico de Cataluña. Las Iglesias (en ambos artículos aparecen con minúscula, pero eso, ya sabemos, significa simplemente templo para los que provenimos del cristianismo) de notorio arraigo en España aspiran ya a una equiparación en derechos (léase, privilegios en relación con cualquier otra asociación, aunque por ahora son privilegios de la Iglesia católica –pues son derechos exclusivos) con la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana.
Ya está. Debe ser eso de un paso atrás, dos adelante hasta alcanzar ese socialismo de los ciudadanos que el renovado PSOE propone.
Si no es así, yo tengo algo que decir. Si no es posible que la p... religión se quede en la conciencia individual y, como mucho, en la privacidad de los lares, quiero que estas asociaciones abran sus ficheros y encuentren la financiación debida en base a esos afiliados. Y, entonces, quiero transparencia total, y total libertad para apostatar, igual que para mostrar orgulloso el carnet de acólito de tal o cual confesión (léase disfraz o adminículos, si es el caso).
Y mientras no sea así, tengo que ver a todas estas asociaciones como cuadrillas de mangantes que quieren vivir a costa de los impuestos de todos los ciudadanos, con independencia de la utilidad que se quiera dar al devaneo de conciencias y la tranquilidad de las mismas en su conexión con la divinidad.
Si por decisión de mis padres en un contexto de falta de libertad (legal y social) he sido bautizado (o sea, afiliado a una confesión-asociación) y ahora, en mi mayoría de edad, reniego de tal asociación ¿por qué no voy a poder hacerlo? ¿Por qué tienen que contar con mi ficha y mi alma para coger dineros del Estado? ¿No me da eso derecho a ciscarme en la asociación, y en sus jefes humanos y divinos? Entonces ¿a qué tengo derecho? Y, por último ¿es que no podemos ser Iglesia los ateos y acceder en igualdad de condiciones a la teta del Estado?
M..... en el santoral...

Neolengua para un país plural

Al paso que vamos (a la carrera, sin duda) es urgente plantearse una lengua koiné (en castellano: "de coña") para entendernos en el Estado español. Quiero aportar mi granito de arena al entendimiento en la pluralidad-diversidad o en la pluralidad diversa/plural diversidad. Podríamos empezar por consensuar de manera tolerante una expresión equivalente, por ejemplo jaula de grillos Etxe-Girgiluako kaiola o gàbia de grills (y me quedo sólo en estas dos expresiones frente a las otras 8 o 10 posibles por la urgencia que presentan estas naciones auténticas, históricas, probadas, santas et cetera) para el Estado español, que antes fue España, Hispania, Iberia...
Luego continuaríamos por acordar con máximo espíritu dialogante y consensuador, con algún verbo, dado que en toda lengua el verbo es el que expresa la acción. Y acción es lo que necesitamos, que ya estamos hartos de tanta parsimonia y tranquilidad transicional en estos últimos 25 años.
Y el verbo que yo propondría para enseñar en todas las aulas desde el principio sería uno que no ofendiese a aquellos nacionales cuya lengua materna no es latina como el resto. El bable que llaman asturianu, mal que pese a los celtófilos, es una (y trino) lengua latina.
Podría ser, por ejemplo, este, :
Yo plural
Tu monolític
Hura monolitiko / Bera monolitiko
Nosotros plurales
Vosaltres monolitics
Haiek monolitken / Berak monolitken

Una vez que se domine este verbo, podríamos pasar al verbo, Elkarrizketan jardun-diàleg, que es irregular y no tiene forma negativa: todo el mundo dialoga, no hay nadie que no dialogue. Su significado siempre depende del contexto, y es el verbo más ambiguo de la neolengua o decoña.
Finalmente, recordar que es obligado su conocimiento para todos los funcionarios del Estado, estén donde estén, pues en caso contrario deberán conocer las otras 7 lenguas oficiales, semioficiales, reivindicadas o lo que sea. ¡Ah! y con sus dialectos y variantes, por lo que el negocio futuro está en un Home english exclusivo para aspirantes a una plaza de funcionario en el paraíso políglota.

Las vacaciones de los maestros.

Un asunto que provoca alarma social (a nivel de barrio, al menos) es el de las vacaciones de los maestros. Desde luego, el gobierno tiene que hacer algo. Algo urgente como todos esos otros temas que han llevado a una rápida intervención vía Decreto Ley.
¡Tres meses de vacaciones! Ahí es nada. La inmensa mayoría de los españolitos no tienen ni quince días. O bueno, sólo esos quinces días que coinciden con el día de inicio de la operación salida y de la operación regreso en Navidad, Semana Santa, Verano... y algún que otro puente. Porque, seamos serios: cuando salen siete millones de coche a la carretera en esas operaciones salida (y de vuelta, se supone, aunque por desgracia no para tantos como salieron) no hay tantos maestros. Pero ya se sabe que esos españolitos salen y vuelven el mismo día (así aumenta el número de desplazamientos) y vuelven a salir y volver el día de la operación regreso. Sólo los maestros cubren el período completo desde el primer día al último. Ahí están los tres meses. O más, pues los niños están en casa (incordiando, claro) más de tres meses: exactamente 6 meses. Sí, 180 días, porque sólo la otra mitad están en clase.
Hay que joderse.
Y aún piden “recursos”, y se ponen enfermos y de baja; y se quejan de que tienen que aguantar sinvergüenzas -¿nuestros hijos sinvergüenzas?-... Los sinvergüenzas son ellos, los maestros que viven mejor que los curas. Que ya es decir...
Bueno, y no sólo los maestros. En general los funcionarios: tienen vacaciones todo el tiempo. Y cuando no, están de baja. Y cuando van a trabajar, hacen que trabajan y, si te quejas, te contestan con mala cara. Ahí tiene que meter mano el gobierno. Y mucha. Porque ¿no pago mis impuestos para que me sirvan? Ya se sabe: el “cliente” siempre tiene razón. Hasta cuando no la tiene.
Yo, ya se lo digo a mi hija: tú para funcionaria, y si puedes, maestra. Total, haces la oposición ahora en verano y para toda la vida. Y te ríes y te cagas en la madre que parió de aquél que te diga algo. Y entonces te tendrán envidia todos por esas vacaciones. Y por lo que cobras. Y por lo poco que trabajas. Y por lo bien que lo pasas en las clases con los chavales. Y vacilando con los padres que van a rogarte que apruebes a sus fierecillas. Y... Bueno: si sacas la oposición, claro.

Dedicado a todos mis compañeros que están con estos calores sufriendo la “convalidación” de que valen para dar clase. Y eso que ya lo dice cualquier imbécil: para tener vacaciones tres meses al año, vale cualquiera

Tontos muy tontos. ¡Y más de dos!

Las páginas de Política (nacional e internacional) de los periódicos pueden rayar a la altura de El Club de la Comedia. También –y no se puede negar- son permanentemente una crónica negra... donde ya no hay apenas nombres de víctimas, sólo de los asesinos.
Esta semana hemos visto, entre muchas fotografías a un tonto muy tonto peleando con un paraguas. Parecía a Forrest Gump... y ¡anda con un maletín nuclear!. También a un traspuesto diputado, auténtico representante de una nación (cultural, que no política... aún), saltarse el reglamento del Congreso de los Diputados, como corresponde a alguien que ejerce la democracia (¿sin normas puede haber democracia?) y se siente depositario de una verdad inmensa por el peso de la historia (perdón: de la Historia). La cara de señor importante que está haciendo historia (perdón: Historia) se cortó cuando le respondieron en la lengua que había utilizado para saltarse el reglamento. Lo pusieron en su sitio: seu senyoria Joan Tardá! y es que la vía “anarquizante” para conseguir objetivos políticos ¿ha conseguido algo alguna vez en algún sitio? No. Al menos nada positivo y sí mucho “sufrimiento socializado”. Hoy, los colegas anti... del BNG y del PNV reconocen que conseguirán algo vía negociación pero no irán así de frente.
Y con ello vengo a lo que ya es mi particular gastritis: un traductor sólo es poco empleo creado: los nacionalismos lingüísticos, ajenos al sentido común y lo práctico pero imbuidos de un destino histórico de origen divino, deben insistir en crear más empleo: así de pronto, por cada grupo parlamentario podríamos disponer de, al menos, traductores de: galego, bable, euskera, fabla aragonesa, catalá (del que habría que desagregar el aranés si de ahí proviniese algún diputá, y, desde luego el valenciá y aún el mallorquí. Pero no queda ahí: el leonés, el andalú, el guanche (silbo incluido) y alguna variedad dialectal más que se me escapa (bable sólo hay uno pero es trino: así de santo es) y que, por el principio de que debemos expresarnos en nuestra lengua materna (yo impongo la lengua en la que se me debe entender) es obligatorio usar en el parlamento de todos (que no de la “voluntad general” pues aquí sólo cabe la “pluralidad”, el “acomodo”, y la apelación a un pasado histórico... que es de miseria en todos los lados: de puta miseria.
En fin: 11 lenguas (dialecto o no, se ve que es una cuestión política y no puramente objetiva: véase valenciano o andalú): 11 traductores, 11 puestos de trabajo a cargo del contribuyente y altamente productivos.
En El Club de la Comedia te ríes. Aquí, además, te ciscas en los antepasados (rancios, seguro) de tanto representante del pueblo, pueblo... de la nación oprimida en una lengua minorizada que, como fue amamantado con ella, se le agrió el carácter. Y los tontos, además, se lo creen. Y les votan. Aquí, en Asturias, un partido con nombre de río cántabro, invita a que le votes para que “sientas tus raíces”. Joder: las raíces inmovilizan a uno. Eso lo sabe cualquier parvulito, que la diferencia entre los seres vivos está en que se puedan mover o no; y los que no se mueven son del reino vegetal. A ver si este reino empezó con Pelayo...

La lengua es ya un territorio...

En el año del centenario de Dalí he experimentado el surrealismo mismamente en mi mismo. Ayer. A las 11,25 horas. En Tineo. Sí. Pero no fue Dalí quien me lo mostró.
Confieso que provoqué la situación con más agresividad de la que debiera. En 10 minutos intenté despacharme ante un autor literario famoso (está en los 15 minutos de fama a que todos tenemos derecho; espero que le duren más, desde luego). El tema: mi debilidad, la lengua –el bable- como arma además de medio de relación (aunque asesino y víctima entablan una relación, claro está).
El caso es que el autor, reconocido ya en España, antes en Asturias y, por sus aspiraciones en título (Historia universal de....) y alabanzas críticas, pronto en el mundo mundial, me reprochó mi traición (no dijo esa palabra, pero con ella abrevio) a la lengua que es propia del lugar del que soy, en el que estoy y que –le confesé- mamé de pequeño.
Extraña era la conversación: comenzó en “amestao” o sea el asturiano realmente existente. Pronto, al saber mi exacta procedencia pasó a la “variante” del bable que yo debería hablar. Conscientemente, seguí hablando un poco más el “amestao”, para pasar enseguida a un correcto castellano (me traiciona el acento, lo sé, pero no el uso del mismo). La conversación era en dos lenguas y nos entendíamos... a lo que parece, porque en realidad no, no nos entendimos. Sonó el término castellano “colonizado", que debería aplicárseme porque (se supone) mi conciencia no sabía de la traición (repito, el término es mío) que estaba perpetrando. Y eso, porque apunté que mi elección por el castellano era consciente.
¿Soy cipayo? ¿soy pied-noir? Me queda la duda. Y eso, ciertamente me produce zozobra. Así que no me extraña que me endilgase también, que “por autoestima debería reconsiderar mi opción. Además... “pena de chavales” (quiero entender, pena de chicos a los que doy clase).
Bien, mis diez minutos de surrealismo, que no de fama (ni me importa ésta: tiene servidumbres como que cualquier arrepiezo se te acerque agresivamente y te diga que no está de acuerdo contigo). Luego vino la reflexión sobre ello. Sé que me disculpé (y lo hice de corazón, aunque suene cursi) por mi agresividad, que él mismo me había denunciado un segundo antes.
Y de esa reflexión salen estas líneas... y el convencimiento de que yo sigo R que R o sea que el nacionalismo lingüístico (aunque esto es, desde luego, una redundancia) necesita, como buen hijo del Romanticismo, sentirse víctima, buscar y denunciar al verdugo, y atrincherarse en ese organicismo místico de un “cuerpo vivo” –nación, pueblo... chavales- que necesita ser redimido de quien está clavando su bota sobre él.
Sí, la lengua como territorio. Se lo señalé: el bable como “currietchu” (corralito, para entendernos) para cuatro aprovechados: el yacimiento de empleo que necesitan algunos titulados sin trabajo. Yo, lo siento: colonizado, pero no culonizado.

Una alegría

Sí, una alegría produce conocer que en poco más de 125 años (cinco generaciones, de las que tres coexisten en este momento) la mujer, ha logrado superar en número de titulaciones universitarias al varón. En España parece que son, a censo de 2001, 2,9 millones de mujeres tituladas en la Universidad (diplomaturas, licenciaturas...) por los 2,2 millones de varones.
Es una alegría y una confirmación de que el siglo XXI es el de la mujer. Buen comienzo. No sé cómo será el resto de la historia, pero me alegro de este comienzo.
No se sabe ese futuro pero algún nubarrón sí que lo hay. Por ejemplo, ese volumen de tituladas no se corresponde con el número de mujeres empleadas en puestos que requieren ese título: subempleadas, en paro... o como población inactiva (recuérdese, ¡hay que joderse!, que es inactivo no quien está al paro, sino el que “no cuenta” para la Contabilidad Nacional), forma técnica para llamar a las amas de casa y meterlas con pensionistas, niños... Tampoco se corresponde con su presencia en la Universidad (habrían de ser 3 de cada 5, pero...), allí donde adquirió el título. En fin, parece que sólo en la política y más por voluntad que por “casualidad” se van igualando en responsabilidades.
Y es una lástima. De mis diecisiete años laborales, 11 he estado a las órdenes directas de mujeres. Y no lo han hecho mal: a menudo mejor que los “directores” que tuve. Pero este recuerdo me sirve para situarme en otro peldaño: no sé qué es eso de “estilo femenino” en la conducción de un equipo. ¿Es Paloma Botín diferente a la hora de “tiburonear” que su padre? ¿O la Koplowice? ¿Despiden, ejecutan, negocian diferente? No. Acaso en la relación personal sí podrán presentar diferencias, pero ese contexto es circunstancial y, aunque determinante a veces, no permite hablar de “un estilo femenino”. No diferente al “estilo personal”.
Esta reflexión personal la pongo en relación con otra percepción: si hace unos años sólo iban a “Garantía Social” (los módulos de iniciación profesional para quien no alcanzó ni parece alcanzar el Graduado en ESO) los chicos –o en mucha mayor propoción los chicos que las chicas: 4 chicos por cada chica-, ahora la tasa tiende a igualarse. Y es una tendencia que se ve en otros aspectos de la juventud: la creciente adicción al tabaco, al alcohol, la creciente presencia femenina en la violencia juvenil... Es otro nubarrón negro y de tormenta.
Y es serio porque da que pensar: lo contingente del Estado del Bienestar (uno puede pensar que es un peldaño alto de la civilización, pero ve la crisis encima) y la realidad de que la mujer, en los niveles más bajos de la sociedad lleva siempre la peor parte: más que duplica el número de pobres, y triplica el número de empleos desvalorizados socialmente... y multiplica por 70 el número de muertes violentas en el entorno familiar. No por “devoción masoquista”, sino por falta de recursos para plantar cara al machito que se crece por aportar el peculio familiar.
Pero, repito, es una noticia buena. Felicitémonos.

Republicanos con cruz

Toda actuación pública es un sistema de señales. En cuanto que se realiza “para comunicar algo” es ya un sistema de señales, es comunicación. A veces, las más de ellas, la comunicación es “muy directa”, sin “circunloquios”. Otras es más elaborada y sutil: se trata de que “se enteren” los que (y sólo los que) deben enterarse. Claro está que en la habilidad comunicativa de quien produce el mensaje está la calidad del mensaje. Y para sutilidades se necesita cierta capacidad. Capacidad para manejar las señales y evitar “torpezas comunicativas”, como equívocos, contradicciones o errores comunicativos.
Esto viene a cuento por las múltiples manifestaciones recientes de republicanismo, que yo llamaría, barato; de tienda de veinte duros. Es una pena porque el republicanismo es un nivel de raciocinio social que viene directo de la Ilustración. Y por eso no caben torpezas de patanes.
Bien está esa celebración para homenajear al oso que mató a Favila. Ingenioso y todo un mensaje. Tendría también su sentido, en ese contexto, hacer un brindis por los árabes que desaparecieron a Rodrigo en el Guadalete. Y otro por Napoleón que dejó en vergüenza a aquellos dos imbéciles de padre e hijo en Bayona. Y, desde luego, por todos aquellos plebeyos que supieron aportar su semilla a la mejora genética del linaje. A los postres, el último brindis, debería ser para todos aquellos que abogaron y abogan por la llegada pacífica de la República. Porque pacífica ha de ser, ya que la Monarquía está tan tinta en sangre.
Pero una confusión gruesa y de patán es envolverse en el momento de la celebración y en las manifestaciones en un trapo en el que destaca ampliamente una cruz de color amarillo. Aún más: llevarla como “chapa” en la solapa de la chaqueta o en la corbata (o en la montera picona, me da igual).
¿Es que no llegaron, cuando estudiaron Historia, al tema en el que se habla de la sagrada y perpetua unión del Trono y el Altar? ¿Es que por no ir a clase de Religión (o porque el profe santamente elegido les ponía vídeos en vez de hablar de simbología) no saben que la cruz tiene un determinado significado? ¿Y no saben que da igual una cruz “latina”, que “griega”, que “copta”, que “gamada”, de la "victoria", o “de san andrés” o de... que en todas está la religión, la sagrada unión del Trono y el Altar.
Pues si no saben eso, no merecen ser republicanos. Ni su reivindicación de la República es creíble. ¿Hay mucha diferencia entre un monarca y Lech Walesa mezclando a dios con la política?. Patanes, sólo eso.

Café diferente para cada taifa

Ya está bien de café para todos. El encaje (¿de bolillos?) de algunas taifas en el imperio almohade que llamaban España, requiere que el estatus político de cada territorio sea “a la carta”, para mantener la pluralidad. Y es que –no se olvide- la “nación” es algo natural, como los granos en el culo, por ejemplo. Y el pueblo, también. También es natural, como la sarna o el sarro en los dientes. Bueno estaba Aristóteles con aquello de zoon politikon. No. El hombre es un animal-nacional, un animal-pueblo. Es una ley universal (es más, si es universal es porque antes es “local”, claro está).
No hace falta ser muy despabilado para apreciar algún problemilla de los que ocurren entre vecinos, porque a eso se reduce la convivencia tras la acomodación. Vamos a dejar de lado los problemas que surjan de los “espacios comunes” de la vivienda y la contribución a su mantenimiento, algo que puede ser difícil de resolver porque el “coeficiente” de ocupación dela vivienda es diferente. Vamos a dejar de lado, también, aquellos problemillas derivados de compartir (uno a cada lado) el tabique/frontera que separa así como aquellos efectos perniciosos que el vecino hace en su casa pero que “sufre” el de al lado. Vamos a dejar de lado -es mejor- las posturas unilaterales cargadas de razón (individual, personal) con que cada vecino acude a la reunión. Vamos a dejar de lado, desde luego, aquellos problemillas derivados de la decisión sobre la urgencia del gasto, de la reforma del edificio común, de las mejoras, etc. Y dejemos también de lado, el estado de la fachada y del portal, imagen de la comunidad para los de afuera. Tampoco entremos a tratar las normas para la convivencia que cada cual interpreta a su favor y que será costoso acudir a los tribunales cuando el chulo del cuarto diga so cuando la norma dice claramente arre.
Lo que no será ningún problema, desde luego, es la existencia de “selecciones nacionales”, ligas nacionales en las que el Barça juegue con el Berga F.C. o el República Sociedad con el Atletic Club de Lejona (ya es posible ver jugar al Real Oviedo con, por ejemplo, el Cangas del Narcea). Tampoco será ningún problema la creación de una lengua para asegurar la diferencia (ya están inventadas y ¡cómo no!: son tan naturales como el respirar) y que sirva de peaje en la visita al vecino para pedirle una taza de azúcar. En fin, no será problema que cada cual tenga su “caja” de la Seguridad Social para prestar el servicio adecuado a “sus” ciudadanos: la mayoría, al jubilarse, se largarán a sus lugares de origen, al piso de donde salieron, y así se pagarán menos pensiones: sólo a los “nacionales”.
Sí es probable que sea un problema eso que es tan natural, tan natural, que siempre se compara con otra cosa tan natural: la envidia y la tiña. Un vecino envidioso es un enemigo peligroso. Cuidado con él en la escalera o en el garaje cuando se apaga la luz. ¿Sabe mucha gente qué hacía Franco Tujman mientras acudía a la presidencia colegiada de Yugoslavia?. Compraba armas a Alemania. Está grabado. Eso sí: el “pecado” es de los servicios secretos serbios, que lo grabaron.

Berrido en la taifa asturiana

Si la semana pasada era el gemido en la taifa asturiana, hoy es el berrido de apareo de un macho de la misma especie: vaya usted al periódico La Nueva España del sábado 8 de mayo, y busque la entrevista a Joan Puig que declara sin empacho (hasta pone cara de póker en la foto) “Cataluña no es insolidaria, muchos asturianos conviven con nosotros”. Dice, para concluir, que con Andecha Astur (por cierto, tienen que ir pensando en cambiar el conjunto vocálico //ch// por otro más autótono) hay un pacto para representarla en Madrid.
El comienzo es genial: disculpa por no hablar en asturiano. Fíjese usted hasta donde llega la gilipollez. Está pidiendo, claramente que, en Cataluña, háblele usted en catalán. Si no lo sabe discúlpese y háblele... en castellano/español. Con suerte lo tomará a bien. Como estamos en campaña para las uropeas hay que ser amable y quitar hierro a eso de la financiación y el victimismo del sobrepago de Cataluña. Y aquí, esos socios se lo creerán ¿no estaban manifestándose por la independencia con socios que piden prejubilaciones que jamás se pagarían con lo recaudado aquí?. El nacionalismo, todos los nacionalismos, son incoherentes. Porque es en el borde difuso (de la imbecilidad) donde mejor se desarrollan: la promesa del futuro paradisíaco, la melancolía del pasado, la visión negativa del presente reprimido... A la hora de la verdad, la realidad choca con el discurso para agradar orejas ya preparadas. Pero no importa, se hace por una buena causa: la nación, la patria, el corralito para los nuevos dirigentes que han sido luchadores y sobreviven a los mártires...
Pero ¿se ha dado cuenta usted si ha leído el artículo –no lo puedo reproducir sin incurrir en demanda- de esa sutil variación: “Cataluña” como sujeto, y luego “asturianos” como el sujeto de la segunda oración?. Yo, si fuese del club del gemido estaría mosca por no reconocer mi antigüedad y el título de comunidad histórica... ya que la salida por la tangente a la penúltima pregunta de la entrevista abunda en ello.
Sobre el dominio del lenguaje en el berrido nacionalista, no se olvide que son filólogos la mayoría de los machos en berrenda. Con la colaboración especial de los relatores del mito pasado, generalmente llamados historiadores.

Gemido en la taifa Asturias

Un lamento el sábado pasado (2 de mayo) de un soldado de la pluma (diría mejor, del urdenador) La simetría de Asturias me ha producido gases en el estómago y tengo que dejarlo anotado aquí. Y prefiero soltarlos poco a poco, en eruptitos en vez de ciscarme, como sería lo correcto y lo rápido; por salud. No, no: mejor poco a poco.
El lamento va porque los asturianos (o Asturias: bajo las dos formas me veo implicado en el asunto) no somos ya nadie en este Estado que es España, que fue Hispania, después de ser Iberia y, siempre, apéndice geográfico y extremo de Europa, que lo es de Asia. Sí, adonde llegaron unos negros que se llevaron por delante a los últimos europeos (que se habían refugiado en este apéndice de Eurasia) y que luego se blanquearon... y algunos les creció el cráneo en el más perfecto aislamiento prehistórico que hoy reivindican como el summun de la perfección. Y no somos nada porque estamos ¿? en decadencia: económica, social, demográfica, etc. No somos nada. Como mucho, segundones en agricultura. La imagen de la familia ¿casa Usher? venida a menos sale aunque el autor no la mencionase.
Además estamos ¿? descolocados ante el nuevo e inminente 1035, el resurgimiento de las taifas, ahora cristianas. Y es asturfóbico quien no le guste la gaita (si la música es un ruido especial, el de la gaita, para mí, ¡sólo para mí! no llega a eso: lo siento). Y se llama Tini si, además, baila la sardana o las sevillanas (mira por donde, yo tampoco me entusiasmo: y si de castellets se trata, me gusta cuando se caen: reconozco que soy la hostia de raro). Pero yo no soy Tini. Soy, eso sí, jacobino. Y mecagon las taifas o, por mejor decir, en los que las estimulan. Sería almohade si no fuese tan irreligioso y si creyese que a estos taifeños por acción o por omisión se les pudiese parar. Como no lo creo, soy solamente un glayón. Pero tchorar, lo que se diz tchorar, no.
Como no me dan argumentos para ver la mejoría en el desarrollo de la taifa, no me lo creo. ¿Acercar a la ciudadanía el gobierno y el poder? ¡Ja!. El ejemplo más claro y cercano, los Ayuntamientos. ¿Están cerca del vecino? ¿De qué vecino?. Si se trata de tener acceso fácil a la administración, no es necesaria una parafernalia de “descentralización” de poder: la administración es una cosa y el poder es otra. ¿Nuevo feudalismo? Ni siquiera: mejor caciquismo. Y nada más. Yo lo veo aquí (Taifa de Asturias, año 23 de la resurrección del Gobernín del 37) donde el amiguismo de origen político, familiar o de paisanaje está a la orden del día. ¿Habrá que citar lo que pasa en las otras taifas, sean de la tribu que sean? Amos anda.
Yo no debo ser asturiano (me importa un huevo, eso sí). Y es que me resultan patéticos: parecen algo y no son nada, ni soberanos, ni vice lo que se quiera. Puro grandonismo, virtualidad y fachada. He visto los dos colores gobernando aquí; y Fortuna me libre de ver cualquier otro, especialmente si son de color azul clarito con marcas amarillas o signos espantademonios de la victoria. Escalofríos me da que me hagan celta por decreto.
Por cierto, el apellido del autor del artículo aquí glosado, en mi pueblo (queda para eso que llaman suroccidente) significa “madera podrida en el árbol”, o sea, carne muerta del árbol, que no vale ya ni para leña. No hay mayor imagen de la decadencia.

Sistema educativo y Reinos de Taifas (1)

A vueltas ahora con la reforma de la contrarreforma educativa. El prestigioso catedrático de “clásicas”, Rodríguez Adrados ha hablado. Defiende una Ley de Calidad en la cual tuvo un papel importante durante la elaboración, en aquél movimiento preliminar que fue la “reforma de las humanidades”. Una Ley de Calidad que está, hay que decirlo, con un pie en el limbo: suspensa en parte, vigente en otra porción. Y desconocida en gran medida. En eso sí tiene razón.
Como en todo, hay cosas aceptables (no digo buenas) y aspectos inaceptables en la LOCE. Algunos puntos que se supusieron “tremendamente negativos” por “segregadores”, como los itinerarios (o la repetición con más de dos suspensas) quizás no sean tan negativos. Todo depende de cómo se apliquen... y de la reacción de la parte sufriente de la reforma: alumnos y familias.
La segregación existe... porque existió y existirá. Ahora bien, igual que no se puede fabricar la igualdad por decreto, tampoco se puede abandonar a su suerte a quienes acceden al sistema educativo desde una acusada desigualdad social: inmigrantes, colectivos marginados, medio rural, familias desestructuradas... El problema no es de dogmatismo (no debiera ser, claro) legislativo. Tampoco necesiamente económico (dotación de recursos y demás). Quizás sea dónde poner el límite de las “oportunidades de igualdad”. ¿Cuántos itinerarios se necesitan para que el alumno consiga un título? El sistema extremadamente protector, no hace “iguales”, hace vagos, y a otros los desmotiva porque ¿para qué se van a esforzar si llegan igual? ¿No explica eso el duro aterrizaje que tienen la mayoría de los que pasan a 1º de Bachillerato, tras haber desoído el esfuerzo que deben realizar en Tercero y Cuarto de la ESO?. Aún hay más: ¿por qué en España tiene que haber un 70% de titulados universitarios... estando como está el sistema investigador del país? Eso lo hemos heredado de aquella Ley del 70 que se propuso hacer de España una “potencia” en universitarios... y se consiguió multiplicar por 3 el número de titulados. Y así nos luce el pelo ahora con esa hornada ocupando puestos de responsabilidad en todos los órdenes de la vida política, cultural y económica.
Pero voy a otra segregación más: los “modelos educativos” autonómicos (nacionales, dirán algunos neocaciques/neoreyezuelos de las nuevas Taifas). No puedo hablar (sí puedo, pero no debería) de modelos educativos en los que no estoy implicado directamente. Sí puedo hablar del modelo educativo asturiano. Un modelo realmente genial: funcionamiento burocrático peor que en cualquier otro momento de la época “centralista”. Un modelo que emula aquello más ridículo de los otros modelos taifeños: la política de fachada (inauguraciones, declaraciones, proyectos...) y el ejercicio irracional de la competencia para “llenar” de contenido taifeño el 35% del currículo. Bien está (nunca se sabe) conocer el inmenso patrimonio cultural legado por las generaciones anteriores, y por tanto que los alumnos conozcan a fondo el proceso de fabricación de la madreña, de las abarcas o aún del buen uso de los chanclos (por si deciden de una vez a olvidar las zapatillas de deporte) o practiquen asiduamente la danza prima o el gori-gori (a ver si así, tienen unos amaneceres menos ruidosos en los espacios del botellón). Bien está que ese patrimonio se estudie, se conserve (y no en aceite o en el museo, claro) y se renueve. Pero, coño, no confundamos, Tradición con Historia, que eso sirve para que cualquier facción de la taifa, lo jalee en cualquier momento y tengan que venir los almohades a poner las cosas en su sitio.
Y es que ¿qué ocurrirá si a un lado y otro del Eo empiezan a sonar gaitas en una actividad extraescolar o en la romería del pueblo? ¿Y si, durante la Feria de Muestras anual, en Gijón, coinciden un catalán de paso y uno, pongamos que de Llanes, y empiezan a discutir sobre si la sardana es antes o después que la danza prima?. Yo eso lo dejaría para los eruditos que así llenarían estantes de las bibliotecas y, además, recibirían alguna que otra subvención para promocionar lo propio como hecho diferencial.